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Cristo nuestra Pascua

El domingo 25 de marzo pasado se conmemoró según el Calendario Litúrgico Ecuménico, la festividad cristiana conocida como Domingo de Ramos, en la que se celebra la así denominada Entrada Triunfal a Jerusalén por parte de Jesús de Nazaret, en el marco del camino que el propio Jesús recorriera junto a sus discípulos desde Galilea hasta la ciudad capital de Jerusalén, predicando el Evangelio (la Buena Noticia) a gran parte las comunidades urbanas y rurales que poblaran la Palestina del siglo I.
 
Con la festividad del Domingo de Ramos da comienzo en la tradición cristiana occidental y oriental, lo que es conocido por todos/as como Semana Santa, semana litúrgica en la que se rememora las así llamadas Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, donde la pasión o sufrimiento de Jesús remite a la dolorosa experiencia de su captura por parte de las autoridades religioso-políticas judías en Jerusalén y su ejecución en la cruz a mano de las autoridades militares romanas.
De esta manera los grandes hechos simbólicos de la Semana Santa, como el Domingo de Ramos, la Purificación del Templo, la Última Cena, el Vía Crucis, la Crucifixión y Sepultura, la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección, tan comunes y tan arraigados en nuestra rica religiosidad popular latinoamericana, parecieran remitirse a hechos muy lejanos en el tiempo y distantes por lo tanto de nuestras vidas cotidianas o de nuestras realidades contemporáneas, reducidos a festividades meramente religiosas y a efemérides que llenan el calendario anual, perdiendo así la capacidad de constituirse en narrativas críticas y en disparadores de reflexiones orientadas a la acción responsable en el mundo.
 
Sin embargo, la Semana Santa y específicamente la Pascua Cristiana, necesariamente deben enmarcarse en la historia humana para que hoy puedan cobrar un sentido otro, sentido pleno en el que cada uno de estos símbolos ya nombrados, puedan releerse desde nuestra vida personal, comunitaria, social y política, para dar densidad al mensaje de un Evangelio que en su raíz está constituido por un proyecto salvífico en el sentido holístico de la salvación, entendida como salvación no sólo de lo que podríamos llamar pecados personales, sino también de aquellos pecados sociales que configuran y estructuran la existencia humana en todas sus dimensiones.
 
De allí que la Pascua Cristiana no pueda ser entendida sin el retorno a su núcleo, a la matriz de la cual parte y desde la cual su sentido se recupera, permitiendo que el proyecto de Jesús vuelva a adquirir toda su luz: estamos hablando de la Pascua Judía. La Pascua Cristiana tiene su raíz última en el Pésaj o Pascua Judía, en la que se rememora la liberación de Israel y de los hebreos o hapiru (no un grupo étnico, sino una clase social de la época) de la opresión a la que eran sometidos por parte del Imperio Egipcio, liberación llevada adelante por Yavé, el Dios de los hebreos que había decidido terminar con la violencia ejercida contra los explotados y excluidos de aquel tiempo, con la finalidad de constituir un nuevo Pueblo y una nueva Nación bajo bajo la figura de la Alianza.
 
Es allí donde nace la tradición judía del Seder u Orden de Pésaj, es allí donde podemos entender la importancia de la Última Cena de Jesús con sus discípulos, que luego se transformaría en uno de los sacramentos compartidos por todas las confesiones cristianas, a saber, la Eucaristía o Cena del Señor. Pésaj remite así al cordero pascual del éxodo de Egipto, que Jesús retoma como memoria histórica y la reinterpreta en su propuesta mesiánica, donde se conjugan las imágenes del Mesías sufriente y el Mesías triunfal, para resignificar su muerte como instancia redentora y salvífica, a partir de la cual no sólo las injusticias humanas podrían ser perdonadas, sino donde también, las esperanzas de liberación política y de justicia social se harían reales una vez más (aunque a otra escala, ya no solo local, sino a todas luces universal), como sucediera en los tiempos de Moisés.
 
Por lo tanto la Pascua Cristiana con toda su rica simbología, implica la recuperación de ese antiguo Pésaj pero a escala universal, en la que confesar a Jesús como el Mesías o Cristo, implica confesarlo como un Mesías asesinado y sobre todo, como un Mesías que ha dado su vida para la salvación integral de la humanidad, en la constitución de un nuevo Pueblo a partir de muchos otros y en la instauración de una Nueva Alianza que surge de su propia muerte en la cruz.
 
De esta manera, decir que Cristo es nuestra Pascua, significa reconocer su crucifixión enlazada intrínsecamente con la figura del cordero de Pésaj, pero también significa celebrar que el secuestro, la tortura, la muerte y la desaparición de su cuerpo no tuvieron la última palabra, sino que la ignominiosa crux romana (herramienta de ejecución destinada para los insurrectos y todo aquel que se rebelara contra el Imperio Romano), sería vencida por la Resurrección de Jesús al tercer día, como momento inicial de la transformación definitiva del cosmos entero, a partir de la vuelta a la vida del “primogénito entre muchos hermanos” (Carta a los Romanos, 8.29).
 
Es por esto que la Pascua Cristiana hoy puede ser más actual que nunca, en la medida de que nuestra propia historia personal, así como nuestra historia nacional y latinoamericana, pueden entrar en un rico diálogo con la historia salvífica presente tanto en las narrativas del Antiguo como del Nuevo Testamento. Y es que aún en los más profundo de nuestra existencia anida el grito por la liberación, liberación del pecado (tanto personal como social), liberación de todos aquellos obstáculos que no permiten nuestra realización humana plena y liberación de las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales que oprimen a nuestro prójimo, convirtiéndolo en víctima de la injusticia y en un no-ser necesitado de ese amor eficaz que el Evangelio de Jesucristo nos invita a vivir.
 
Así quisiera terminar esta reflexión con unas últimas palabras, no mías sino escritas por Jon Sobrino, un teólogo católico de origen vasco y radicado en El Salvador hace varias décadas, quien meditara acerca del misterio de la cruz y de los crucificados de la historia en su libro Cristología desde América Latina (1977): “Dios se ha de encontrar en las cruces de los oprimidos (…) [Porque] en la Cruz de Jesús, Dios mismo es crucificado. El Padre sufre la muerte del Hijo y toma sobre sí mismo el dolor y el sufrimiento de la historia”.
 
Que Dios Padre, en estas Pascuas, nos dé la plenitud de su Espíritu para encontrarnos con su Hijo en los múltiples crucificados de la historia, luchando día a día en la construcción de un nuevo mundo a la luz del Evangelio.
 
Oración: Dios Padre, que te has revelado entre nosotros como el redentor de los que padecen injustica y violencia, como el dador de la gracia que nos hace parte de una humanidad nueva en tu Hijo y como aquél que puede ser encontrado en el rostro de los más pequeños, de los marginados y excluidos, acompáñanos en el camino de recuperar la memoria de la Pascua y de los crucificados de la historia, para ser artesanos de un futuro nuevo en ese proyecto de vida plena que se nos ha manifestado en Jesús el Cristo. En su nombre te lo pedimos. Amén.
 
 
Luis G. Vásquez
Capellán – Pastoral Universitaria
Visto 111 veces Modificado por última vez en Miércoles, 28 Marzo 2018 15:10
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