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¡Dame tu mano que juntos veremos el mundo!

Colegio Norteamericano

Colegio Norte Americano (principios del siglo XX)

El 28 de mayo se celebra el Día de la Educación Metodista en Argentina en recuerdo de la fundación de lo que hoy se llama Centro Educativo Latinoamericano de la ciudad de Rosario (1875), por las misioneras estadounidenses Louise Denning y Jennie Chapin, convocadas por el pastor metodista Thomas Wood.

Desde su origen en Inglaterra en el siglo XVIII, el metodismo consideró clave a la educación, y es una de las características más sobresalientes de esta Iglesia Evangélica Metodista, tanto a nivel mundial como latinoamericano, su marcado interés por la educación.

Cierta vez Wesley, fundador del metodismo, tuvo que predicar sobre el siguiente texto bíblico:

“Cuando partió de allí, se encontró con Jonadab hijo de Recab. Después que lo hubo saludado, le dijo:

    --¿Es tan recto tu corazón como el mío lo es con el tuyo?

    --Lo es --respondió Jonadab.

    --Puesto que lo es, dame la mano.

Jonadab le dio la mano. Luego lo hizo subir consigo en el carro” (II Reyes 10:15)

Dice Wesley en aquel sermón sobre este texto: "Pues que lo es, dame la mano." No quiero decir con esto: "Acepta mis opiniones." No es necesario. No lo espero ni lo deseo. Tampoco quiero decir: "Acepto tus opiniones." No lo puedo hacer. No depende de mí. Más fácil me sería dejar de oír. Sigue firme en tus opiniones, que yo seguiré firme en las mías. No hay necesidad de que procures persuadirme a que acepte tu modo de pensar. No deseo discutir, oír, ni decir una sola palabra sobre estos puntos. Dejemos todas estas opiniones a un lado. Sólo te pido que me des la mano.[1] 

Teniendo en cuenta que Jonadab hijo de Recab, fue el antepasado de los recabitas, grupo que consideraba contrarias a la voluntad de Dios las prácticas propias de la vida sedentaria, tales como vivir en ciudades y cultivar la tierra (Véase Jer 35.2), Wesley nos muestra un ejemplo de  amplitud y de pluralismo, del cual también deben estar imbuidas nuestras instituciones en general y cuánto más las educativas, en las que constantemente nos movemos con personas que vienen de distintos sectores ideológicos, sociales y culturales de nuestra sociedad. Todos ellos nos enriquecen y a todos ellos intentaremos enriquecer, ayudándolos a hacer una lectura crítica de la realidad y a asumir el compromiso de transformarla.

Ahora bien, nos podemos preguntar cómo y desde dónde realizar esta lectura crítica de la realidad en nuestras escuelas metodistas;  será el teólogo y educador Ely Eser Barreto Cesar quien nos señala:

“La primera lección para todo profesor es estudiar los engranajes sociales, económicos y políticos de este mundo global. Es en esa sociedad donde viven nuestros alumnos […] pues no es posible la construcción de una pedagogía fuera de este contexto global en el cual vivimos. No hay más lugar para idealismos desconectados de la realidad”[2] 

Por un lado esta mirada crítica será indispensable, pero por otro lado y con la misma importancia todos los que trabajen en una institución educativa metodista, sean o no metodistas, incluso sean o no cristianos, para estar en sintonía con ese espíritu de Wesley, que es también el de Jesús de Nazaret, no pueden prescindir del amor al Otro. Ese Otro, u Otra, que se presenta diferente y que nos desafía desde esa diferencia, en nuestras prácticas pedagógicas, a reformularnos todo el tiempo. Vuelve a decirnos Barreto Cesar que:

“Formar parte de una escuela relacionada con la tradición wesleyana es hacer del amor el fundamento de cualquier acción. Como hemos visto ese amor precisa aprender a abrir los ojos para identificar las fuerzas en lucha en esta sociedad. El amor wesleyano precisa mirar críticamente la sociedad. El amor wesleyano precisa organizar estas acciones en un proyecto colectivo consensual para que este amor alcance la máxima eficacia para la felicidad humana.”[3]

Por todo esto, estas dos características, la de fomentar una mirada crítica del momento histórico que nos toca vivir, y la del amor que acepta al Otro, u Otra, en su diferencia de nosotros, que solo le dice: “si tu corazón es honesto como el mío, dame tu mano”, son características que no pueden faltar en ninguna institución educativa metodista porque surgen del ejemplo que nos legó Wesley, que a su vez encontró en su lectura de las prácticas de Jesús de Nazaret que vino para que todos y todas, tengamos vida y una vida que valga la pena ser vivida!

Capellán Pablo Bordenave

Colegio Ward

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[1] Sermón XXXIX. El genio del catolicismo. La palabra catolicismo se utiliza en este sermón para significar el cristianismo universal

[2] Ely Eser barreto Cesar. Alternativa para la educación wesleyana en tempos de mercado total. Texto inédito. Ponencia en el II Foro Internacional de Educación Metodista en América Latina, en Cochabamba, Bolivia, 2016.

 [3]Ibid.

Viernes, 22 Mayo 2020 09:46

Reflexión por el Día del Metodismo

El día que Wesley rompió el molde

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Maria Spilsbury: John Wesley Preaching in Ireland (1777-1820)

 

“El Espíritu del Señor está sobre mí. Por cuanto me ha ungido para dar buenas noticias a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a predicar el año de la buena voluntad del Señor.” (Evangelio de Lucas 4.18-19)*

En algún momento, a alguien se le ocurrió que el 24 de Mayo de 1738 debía ser el día del metodismo. ¿Por qué? Porque ese día Wesley tuvo su famosa experiencia en Aldersgate llamada “del corazón ardiente”. Y así quedó. Sin duda una elección arbitraria que habla más del lugar teológico de quien la eligió, que de la dinámica propia de los orígenes del metodismo.

Es muy probable que Wesley hubiese elegido otra fecha. Una en la que se produjo un cambio radical en su ministerio, esta sería el 2 de Abril de 1739. La otra experiencia de Wesley. La que debería marcar el día del metodismo. ¿Por qué? Veamos.

Pocos días antes, el 29 de Marzo Wesley se encontró con su amigo Whitefield quien se estaba preparando para mudarse a las colonias americanas y seguir allá su ministerio. Whitefield le pide a Wesley que lo reemplace en su tarea de predicación al aire libre. Le dice:

“Si usted estuviera aquí antes de mi partida, sería lo mejor. Muchos están maduros para las bandas. Yo dejo eso enteramente en sus manos. Yo soy sólo un novicio; usted está familiarizado con las grandes cosas de Dios. Venga, le ruego; venga pronto. Yo he prometido no dejar esa gente hasta que usted o alguien venga para suplir mi lugar.”

 

Wesley confiesa que “me fue difícil de aceptar esta extraña manera de predicar en los campos. Habiendo sido toda mi vida tan tenaz de cada punto relacionado con la decencia y el orden que hubiera pensado que el salvar almas era casi un pecado si no se hacía en la iglesia.” 

¿Por qué le era tan difícil aceptar esa invitación? Wesley se estaba refiriendo a las estrictas reglas que el Parlamento y la iglesia Anglicana habían promulgado unos 70 años antes, en relación a la prohibición de realizar predicaciones al aire libre. Tal era la modalidad que habían adoptado los puritanos, quienes habían sido expulsados de la Iglesia Anglicana. Por eso todo sacerdote anglicano debía celebrar los cultos con liturgia anglicana y dentro de los límites de su parroquia. Por eso para Wesley era todo un desafío y un gran dilema: ¿Obedecer a la iglesia, (“relacionada con la decencia y el orden”) o alcanzar con el evangelio a un sector de la población marginada y desamparada? El lunes 2 de Abril finalmente se decidió y escribe: “a las cuatro de la tarde decidí ser más vil y proclamé en los caminos las buenas nuevas de salvación a cerca de 3.000 personas, hablando desde una pequeña ladrillera en un terreno fuera de la ciudad.” ¡Juan Wesley “decidió ser más vil!”, (una valiente referencia al texto de 2 Samuel 6:22, cuando el rey David abandona la parafernalia de Rey y, despojándose de sus atuendos reales danza desnudo junto a sus siervos para ser uno más entre ellos.)

Wesley también, en ese momento decide la dirección de su ministerio: o la pulcritud de las formas y la legalidad, o romper las reglas para liberar la palabra de Dios. Más tarde contará satisfecho: “La Escritura de la cual hablé fue: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos; y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor.”

Esta ha sido sin duda la experiencia que más ha marcado a Wesley y a todo el metodismo. En su Diario, Wesley se refiere a este episodio en Bristol como un “nuevo período en mi vida”. A partir de ese momento Wesley comprendió la dirección que tomaría su ministerio, hacerse uno con las multitudes desarraigadas como consecuencia directa de la nueva etapa histórica que comenzaba con la revolución industrial.

La experiencia de Aldersgate, es relatada una vez en sus diarios, sin embargo este evento que marcó un cambio en su vida lo relata más de cuatro veces, lo cual revela la importancia que tuvo para Wesley.

La prédica del Reino de Dios y su justicia demanda romper muchos moldes, así lo entendió Wesley y de ese molde roto, nació el movimiento metodista.

Oración de consagración de John Wesley: “O [Dios] haz que nada más en mi alma habite, ¡solo tu amor puro en paz! Que tu amor me posea en mi totalidad. Mi gozo, mi tesoro y mi corona. Fuegos extraños remueve lejos de mi corazón: ¡[que] cada acto, palabra, pensamiento, sea amor!” Amén. *

Rev. Daniel A. Bruno

Director del Centro Metodista de Estudios Wesleyanos (CMEW)

Iglesia Evangélica Metodista Argentina (IEMA)

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*Adiciones al escrito original: realizadas por el Pastor Luis G. Vásquez.

 

Sábado, 11 Abril 2020 23:07

Reflexión por Pascuas

¿Porque buscan entre los muertos al que está vivo?

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Maximino Cerezo Barredo: El camino hacia Emaús (2002)

 

Durante esta Semana Santa hicimos memoria de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, memoria que se encuentra atravesada por aquellos grandes momentos simbólicos que ya se mencionaran en la reflexión anterior, a saber, el Domingo de Ramos, la Purificación del Templo, la Última Cena, el Vía Crucis, la Crucifixión y Sepultura, la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección.

Cada uno de estos momentos se entrelazan con los tres grandes temas anteriormente nombrados, donde la Pasión solo parecería evocar el proceso que lleva a la muerte de Jesús por parte de las autoridades judías de su tiempo (autoridades religioso-políticas por cierto) y las autoridades territoriales/militares romanas, trabajando en connivencia para llevar adelante una supuesta pena de laesae divinitatis o blasfemia cometida por Jesús.

Lo cierto es que cada uno de estos hechos nombrados en los evangelios, nos remiten a acciones fuertemente contestatarias y anti-imperiales, donde el Principado Romano y sus colaboradores locales son abiertamente confrontados por las acciones de Jesús y su movimiento: la entrada triunfal en Jerusalén y la proclamación mesiánica de la multitud, la Purificación/Toma del Templo y su crítica feroz al lucro con la fe del Pueblo, la celebración de la Pascua como memoria de la liberación de Israel de la opresión egipcia y como constitución de una nación independiente de los poderes de la época, las torturas y la crucifixión como método de pena capital dirigido a los insurrectos anti-romanos, y por último, la resurrección como esperanza de la vuelta a la vida de aquellos que luchan por la justicia, son lecturas críticas que nos permiten conocer a ese Jesús otro, comprometido con la vida plena de todos/as en este mundo.

De allí que en esta Pascua celebrada durante estos días, la memoria de ese Jesús a quien confesamos como el Cristo, el Mesías elegido por Dios para liberar el mundo y hacer justicia desde los/as pobres, los/as marginados y los/as excluidos, debe llevarnos a reflexionar no sólo en la muerte sufrida por él (muerte enmarcada por el escarnio público, la tortura y la incertidumbre por el destino de los cuerpos) sino que también debe llevarnos a enfocarnos en su Resurrección como acontecimiento, la cual precisamente permite la resignificación profunda de su propia muerte y de la muerte como un todo, donde se anticipa el futuro de Dios y se reconoce finalmente que la misma no tiene la última palabra en la historia.

Es así que esta reflexión comienza con unas palabras registradas en el Evangelio según San Lucas, en el contexto de las mujeres galileas que van a preparar el cuerpo de Jesús en el sepulcro de José de Arimatea. Allí estas mujeres, en la conmoción producida por el cuerpo desaparecido, se encuentran con dos ángeles que les dicen: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.” (Lucas, 24.5b-6a) Es a este Jesús -el Mesías/Cristo- que traemos al presente, para hacer memoria de que la Pascua no se centra en la muerte en sí, sino en la muerte superada por la vida en su plenitud y eternidad, manifestada públicamente en la Resurrección: por ello ciertamente a Cristo Jesús se lo encuentra no en la tumba, sino en el camino donde junto con él podemos transitar la construcción de un nuevo proyecto comunitario y social, a partir del encuentro con el rostro de ese otro en quien se refleja la misma imagen de Dios.

De esta manera, el antiguo Pésaj que vemos relatado en el libro del Éxodo, que con el tiempo sería conocido como la Pascua Judía, a partir del hecho salvífico de Jesús el Mesías/Cristo, se reestructura radicalmente y adquiere un nuevo color, un nuevo sentido, donde la salvación universal y cósmica que nos trae el Mesías, se da gracias del paso de la muerte a la vida que él debe atravesar mediante la crucifixión, de manera que su Resurrección se convierta en la resurrección primera que preludia en nuestra era, la llegada de unos “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2° Carta de Pedro, 2.13b). Su Resurrección así, anticipa los poderes de ese mundo venidero de libertad, justicia y paz, invitándonos a construir en nuestra historia propiamente humana, a través del acogimiento en fe de tamaña liberación, la presencia y los signos de su reino/reinado que viene.

Que nuestro Dios y Padre, en esta Pascua, nos lleve al encuentro con y al caminar junto a, Jesucristo Resucitado en el rostro de nuestros prójimos, gracias a la energía y la guía de su Espíritu Santo que nos hace resucitar día a día en una esperanza nueva.

Oración: Dios de la vida y de la justicia, que has vencido a la muerte en la Resurrección de tu Hijo, ayúdanos a hacer memoria de los más pequeños que caminan junto a nosotros para construir un mundo nuevo y permítenos que en esta Pascua, evoquemos la victoria de la vida por sobre la muerte, sabiendo que en tu Espíritu ese mundo nuevo es posible. En el nombre de Jesús Resucitado te lo pedimos. Amén.

Luis G. Vásquez

Capellán – Pastoral Universitaria

UCEL

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Martes, 07 Abril 2020 12:39

Reflexión por Inicio de la Semana Santa

Tu rey viene a ti

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Giotto di Bondone: L´Ingresso a Gerusalemme (1303-1305)

 

Este Sexto Domingo de Cuaresma se conmemoró según el Calendario Litúrgico Ecuménico, la festividad cristiana conocida como Domingo de Ramos, en la que se celebra la así denominada Entrada Triunfal a Jerusalén por parte de Jesús de Nazaret, en el marco del camino que el propio Jesús recorriera junto a sus discípulos desde Galilea hasta la ciudad capital de Jerusalén, predicando el Evangelio (la Buena
Noticia) a gran parte las comunidades urbanas y rurales que poblaran la Palestina del siglo I.


Con la festividad del Domingo de Ramos da comienzo en la tradición cristiana occidental y oriental, lo que es conocido por todos/as como Semana Santa, semana litúrgica en la que se rememora las así llamadas Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, donde la pasión o sufrimiento de Jesús remite a la dolorosa experiencia de su captura por parte de las autoridades religioso-políticas judías en Jerusalén y su ejecución en la cruz a mano de las autoridades militares romanas.


De esta manera los grandes hechos simbólicos de la Semana Santa, como el Domingo de Ramos, la Purificación del Templo, la Última Cena, el Vía Crucis, la Crucifixión y Sepultura, la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección, tan comunes y tan arraigados en nuestra rica religiosidad popular latinoamericana, parecieran remitirse a hechos muy lejanos en el tiempo y distantes por lo tanto de nuestras vidas cotidianas o de nuestras realidades contemporáneas, reducidos a festividades meramente religiosas y a efemérides que llenan el calendario anual, perdiendo así la capacidad de constituirse en
narrativas críticas y en disparadores de reflexiones orientadas a la acción responsable en el mundo.


Sin embargo, la Semana Santa y específicamente la Pascua Cristiana, necesariamente deben enmarcarse en la historia humana para que hoy puedan cobrar un sentido otro, sentido pleno en el que cada uno de estos símbolos ya nombrados, puedan releerse desde nuestra vida personal, comunitaria, social y política, para dar densidad al mensaje de un Evangelio que en su raíz está constituido por un proyecto salvífico en el sentido holístico de la salvación, entendida comosalvación no sólo de lo que podríamos llamar pecados personales, sino también de aquellos pecados sociales que configuran y estructuran la existencia humana en todas sus dimensiones.

De allí que la Pascua Cristiana no pueda ser entendida sin el retorno a su núcleo, a la matriz de la cual parte y desde la cual su sentido se recupera, permitiendo que el proyecto de Jesús vuelva a adquirir toda
su luz: estamos hablando de la Pascua Judía. La Pascua Cristiana tiene su raíz última en el Pésaj o Pascua Judía, en la que se rememora la liberación de Israel y de los hebreos o hapiru (no un grupo étnico, sino una clase social de la época) de la opresión a la que eran sometidos por parte del Imperio Egipcio, liberación llevada adelante por Yavé, el Dios de los hebreos que había decidido terminarcon la violencia ejercida contra los explotados y excluidos de aquel tiempo, con la finalidad de constituir un nuevo Pueblo y una nueva Nación bajo bajo la figura de la Alianza.


Es allí donde nace la tradición judía del Seder u Orden de Pésaj, es allí donde podemos entender la importancia de la Última Cena de Jesús con sus discípulos, que luego se transformaría en uno de los sacramentos compartidos por todas las confesiones cristianas, asaber, la Eucaristía o Cena del Señor. Pésaj remite así al cordero pascual del éxodo de Egipto, que Jesús retoma como memoria histórica y la reinterpreta en su propuesta mesiánica, donde se conjugan las imágenes del Mesías sufriente y el Mesías triunfal, para resignificar su muerte como instancia redentora y salvífica, a partir de la cual no sólo las injusticias humanas podrían ser perdonadas, sino donde también, las esperanzas de lib eración política y de justicia social se harían reales una vez más (aunque a otra escala, ya no solo local, sino a todas luces universal), como sucediera en los tiempos de Moisés.

Por lo tanto la Pascua Cristiana con toda su rica simbología, implica la recuperación de ese antiguo Pésaj pero a escala universal, en la que confesar a Jesús como el Mesías o Cristo, implica confesarlo como un
Mesías asesinado y sobre todo, como un Mesías que ha dado su vida para la salvación integral de la humanidad, en la constitución de un nuevo Pueblo a partir de muchos otros y en la instauración de una Nueva Alianza que surge de su propia muerte en la cruz.


De esta manera, cuando se dice que Cristo es nuestra Pascua(Primera Carta a los Corintios, 5.7), significa reconocer su crucifixión enlazada intrínsecamente con la figura del cordero de Pésaj, pero también significa celebrar que el secuestro, la tortura, la muerte y la desaparición de su cuerpo no tuvieron la última palabra, sino que la ignominiosa crux romana (herramienta de ejecución destinada para los insurrectos y todo aquel que se rebelara contra el Imperio Romano), sería vencida por la Resurrección de Jesús al tercer día, como momento inicial de la transformación definitiva del cosmosentero, a partir de la vuelta a la vida del “primogénito entre muchos hermanos” (Carta a los Romanos, 8.29).


Es por esto que la Pascua Cristiana hoy puede ser más actual que nunca, en la medida de que nuestra propia historia personal, así como nuestra historia nacional y latinoamericana, pueden entrar en un rico diálogo con la historia salvífica presente tanto en las narrativas del Antiguo como del Nuevo Testamento. Y es que aún en los más profundo de nuestra existencia anida el grito por la liberación, liberación del pecado (tanto personal como social), liberación de todos aquellos obstáculos que no permiten nuestra realización humana plena y liberación de las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales que oprimen a nuestro prójimo, convirtiéndolo en víctima de la injusticia y en un no-ser necesitado de ese amor eficaz que el Evangelio de Jesucristo nos invita a vivir.


Por ende, el pasado Domingo de Ramos, recordamos y celebramos la Entrada Triunfal en Jerusalén, donde se entrelazan las esperanzas mesiánicas de un Pueblo oprimido por los poderes de la época y los gestos/signos que Jesús realiza de acuerdo a una determinada memoria histórica nacional, los cuales remiten a y se condensan en, las palabras del profeta Zacarías que anuncia: “¡Llénate de alegría, hija de Sión! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu rey viene a ti, justo y salvador y humilde, y montado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna.” (Zacarías, 9:9). Sin embargo, en el relato mateano este Mesías esperado, el hijo de David, no viene a
preparar una insurrección armada, un levantamiento cuasi-militar a la manera zelota contra el Imperio Romano, la Tetrarquía Herodiana, el Sanedrín y la jerarquía del Templo, para de allí lograr la independencia judía y volver a instaurar la Torah coercitivamente como ley de la nación, sino que más bien se hace presente mediante acciones proféticas concretas, como el Mesías sufriente que prepara y organiza al Pueblo para otro tipo de insurrección, una insurrección noviolenta, pacífica y de largo plazo, perenne y dinámica a la vez, que con realismo no cree en utopías realizadas por manos humanas, pero si cree en el poder de Dios y en la respuesta humana a ese poder, para construir en el mismo seno de la historia, el reino de Dios que se está acercando.

Es una insurrección otra, es una insurgencia que busca la subversión del mundo, de la oikoumene, no por la fuerza de las armas, sino mediante la fuerza del amor y la pasión por una justicia que se hace carne, se hace vida, en ese mismo Pueblo oprimido que es invitado a poner en práctica las enseñanzas de Jesús en el Sermón del Monte. “Ustedes han oído que fue dicho: “Amarás a tu prójimo, y odiarás a tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan bien a los que los odian y oren por quienes los persiguen, para que sean ustedes hijos de su Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:44-45). Así, la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén como líder mesiánico, es el símbolo máximo de las paradojas de Dios: la instauración del reino no comienza con carros de guerra, ni con caballos prestos para el combate o espadas derramando sangre, sino con la muerte en la cruz del Mesías por los poderes del mundo y su Resurrección de entre los muertos por el poder de Dios, para así iniciar una nueva era de gracia, justicia y paz con la venida de su Espíritu Santo.


Así quisiera terminar esta reflexión con unas últimas palabras, no mías sino escritas por Jon Sobrino, un teólogo católico de origen vasco y radicado en El Salvador hace varias décadas, quien meditara acerca del misterio de la cruz y de los crucificados de la historia en su libro Cristología desde América Latina (1977): “Dios se ha de encontrar en las cruces de los oprimidos (…) [Porque] en la Cruz de Jesús, Dios mismo es crucificado. El Padre sufre la muerte del Hijo y toma sobre sí mismo el dolor y el sufrimiento de la historia”.


Que Dios Padre, durante esta Semana Santa, nos dé la plenitud de su Espíritu para encontrarnos con su Hijo en los múltiples crucificados de la historia, luchando día a día en la construcción de un nuevo mundo a la luz del Evangelio.


Oración: Dios Padre, que te has revelado entre nosotros como elredentor de los que padecen injustica y violencia, como el dador de la gracia que nos hace parte de una humanidad nueva en tu Hijo y como aquél que puede ser encontrado en el rostro de los más pequeños, de los marginados y excluidos, acompáñanos en el camino de recuperar la memoria de la Pascua y de los crucificados de la historia, para ser artesanos de un futuro nuevo en ese proyecto de vida plena que se nos ha manifestado en Jesús el Cristo. En su nombre te lo pedimos. Amén.

Luis G. Vásquez
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