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Martes, 07 Abril 2020 12:39

Reflexión por Inicio de la Semana Santa

Tu rey viene a ti

cape min

Giotto di Bondone: L´Ingresso a Gerusalemme (1303-1305)

 

Este Sexto Domingo de Cuaresma se conmemoró según el Calendario Litúrgico Ecuménico, la festividad cristiana conocida como Domingo de Ramos, en la que se celebra la así denominada Entrada Triunfal a Jerusalén por parte de Jesús de Nazaret, en el marco del camino que el propio Jesús recorriera junto a sus discípulos desde Galilea hasta la ciudad capital de Jerusalén, predicando el Evangelio (la Buena
Noticia) a gran parte las comunidades urbanas y rurales que poblaran la Palestina del siglo I.


Con la festividad del Domingo de Ramos da comienzo en la tradición cristiana occidental y oriental, lo que es conocido por todos/as como Semana Santa, semana litúrgica en la que se rememora las así llamadas Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, donde la pasión o sufrimiento de Jesús remite a la dolorosa experiencia de su captura por parte de las autoridades religioso-políticas judías en Jerusalén y su ejecución en la cruz a mano de las autoridades militares romanas.


De esta manera los grandes hechos simbólicos de la Semana Santa, como el Domingo de Ramos, la Purificación del Templo, la Última Cena, el Vía Crucis, la Crucifixión y Sepultura, la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección, tan comunes y tan arraigados en nuestra rica religiosidad popular latinoamericana, parecieran remitirse a hechos muy lejanos en el tiempo y distantes por lo tanto de nuestras vidas cotidianas o de nuestras realidades contemporáneas, reducidos a festividades meramente religiosas y a efemérides que llenan el calendario anual, perdiendo así la capacidad de constituirse en
narrativas críticas y en disparadores de reflexiones orientadas a la acción responsable en el mundo.


Sin embargo, la Semana Santa y específicamente la Pascua Cristiana, necesariamente deben enmarcarse en la historia humana para que hoy puedan cobrar un sentido otro, sentido pleno en el que cada uno de estos símbolos ya nombrados, puedan releerse desde nuestra vida personal, comunitaria, social y política, para dar densidad al mensaje de un Evangelio que en su raíz está constituido por un proyecto salvífico en el sentido holístico de la salvación, entendida comosalvación no sólo de lo que podríamos llamar pecados personales, sino también de aquellos pecados sociales que configuran y estructuran la existencia humana en todas sus dimensiones.

De allí que la Pascua Cristiana no pueda ser entendida sin el retorno a su núcleo, a la matriz de la cual parte y desde la cual su sentido se recupera, permitiendo que el proyecto de Jesús vuelva a adquirir toda
su luz: estamos hablando de la Pascua Judía. La Pascua Cristiana tiene su raíz última en el Pésaj o Pascua Judía, en la que se rememora la liberación de Israel y de los hebreos o hapiru (no un grupo étnico, sino una clase social de la época) de la opresión a la que eran sometidos por parte del Imperio Egipcio, liberación llevada adelante por Yavé, el Dios de los hebreos que había decidido terminarcon la violencia ejercida contra los explotados y excluidos de aquel tiempo, con la finalidad de constituir un nuevo Pueblo y una nueva Nación bajo bajo la figura de la Alianza.


Es allí donde nace la tradición judía del Seder u Orden de Pésaj, es allí donde podemos entender la importancia de la Última Cena de Jesús con sus discípulos, que luego se transformaría en uno de los sacramentos compartidos por todas las confesiones cristianas, asaber, la Eucaristía o Cena del Señor. Pésaj remite así al cordero pascual del éxodo de Egipto, que Jesús retoma como memoria histórica y la reinterpreta en su propuesta mesiánica, donde se conjugan las imágenes del Mesías sufriente y el Mesías triunfal, para resignificar su muerte como instancia redentora y salvífica, a partir de la cual no sólo las injusticias humanas podrían ser perdonadas, sino donde también, las esperanzas de lib eración política y de justicia social se harían reales una vez más (aunque a otra escala, ya no solo local, sino a todas luces universal), como sucediera en los tiempos de Moisés.

Por lo tanto la Pascua Cristiana con toda su rica simbología, implica la recuperación de ese antiguo Pésaj pero a escala universal, en la que confesar a Jesús como el Mesías o Cristo, implica confesarlo como un
Mesías asesinado y sobre todo, como un Mesías que ha dado su vida para la salvación integral de la humanidad, en la constitución de un nuevo Pueblo a partir de muchos otros y en la instauración de una Nueva Alianza que surge de su propia muerte en la cruz.


De esta manera, cuando se dice que Cristo es nuestra Pascua(Primera Carta a los Corintios, 5.7), significa reconocer su crucifixión enlazada intrínsecamente con la figura del cordero de Pésaj, pero también significa celebrar que el secuestro, la tortura, la muerte y la desaparición de su cuerpo no tuvieron la última palabra, sino que la ignominiosa crux romana (herramienta de ejecución destinada para los insurrectos y todo aquel que se rebelara contra el Imperio Romano), sería vencida por la Resurrección de Jesús al tercer día, como momento inicial de la transformación definitiva del cosmosentero, a partir de la vuelta a la vida del “primogénito entre muchos hermanos” (Carta a los Romanos, 8.29).


Es por esto que la Pascua Cristiana hoy puede ser más actual que nunca, en la medida de que nuestra propia historia personal, así como nuestra historia nacional y latinoamericana, pueden entrar en un rico diálogo con la historia salvífica presente tanto en las narrativas del Antiguo como del Nuevo Testamento. Y es que aún en los más profundo de nuestra existencia anida el grito por la liberación, liberación del pecado (tanto personal como social), liberación de todos aquellos obstáculos que no permiten nuestra realización humana plena y liberación de las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales que oprimen a nuestro prójimo, convirtiéndolo en víctima de la injusticia y en un no-ser necesitado de ese amor eficaz que el Evangelio de Jesucristo nos invita a vivir.


Por ende, el pasado Domingo de Ramos, recordamos y celebramos la Entrada Triunfal en Jerusalén, donde se entrelazan las esperanzas mesiánicas de un Pueblo oprimido por los poderes de la época y los gestos/signos que Jesús realiza de acuerdo a una determinada memoria histórica nacional, los cuales remiten a y se condensan en, las palabras del profeta Zacarías que anuncia: “¡Llénate de alegría, hija de Sión! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu rey viene a ti, justo y salvador y humilde, y montado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna.” (Zacarías, 9:9). Sin embargo, en el relato mateano este Mesías esperado, el hijo de David, no viene a
preparar una insurrección armada, un levantamiento cuasi-militar a la manera zelota contra el Imperio Romano, la Tetrarquía Herodiana, el Sanedrín y la jerarquía del Templo, para de allí lograr la independencia judía y volver a instaurar la Torah coercitivamente como ley de la nación, sino que más bien se hace presente mediante acciones proféticas concretas, como el Mesías sufriente que prepara y organiza al Pueblo para otro tipo de insurrección, una insurrección noviolenta, pacífica y de largo plazo, perenne y dinámica a la vez, que con realismo no cree en utopías realizadas por manos humanas, pero si cree en el poder de Dios y en la respuesta humana a ese poder, para construir en el mismo seno de la historia, el reino de Dios que se está acercando.

Es una insurrección otra, es una insurgencia que busca la subversión del mundo, de la oikoumene, no por la fuerza de las armas, sino mediante la fuerza del amor y la pasión por una justicia que se hace carne, se hace vida, en ese mismo Pueblo oprimido que es invitado a poner en práctica las enseñanzas de Jesús en el Sermón del Monte. “Ustedes han oído que fue dicho: “Amarás a tu prójimo, y odiarás a tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan bien a los que los odian y oren por quienes los persiguen, para que sean ustedes hijos de su Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:44-45). Así, la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén como líder mesiánico, es el símbolo máximo de las paradojas de Dios: la instauración del reino no comienza con carros de guerra, ni con caballos prestos para el combate o espadas derramando sangre, sino con la muerte en la cruz del Mesías por los poderes del mundo y su Resurrección de entre los muertos por el poder de Dios, para así iniciar una nueva era de gracia, justicia y paz con la venida de su Espíritu Santo.


Así quisiera terminar esta reflexión con unas últimas palabras, no mías sino escritas por Jon Sobrino, un teólogo católico de origen vasco y radicado en El Salvador hace varias décadas, quien meditara acerca del misterio de la cruz y de los crucificados de la historia en su libro Cristología desde América Latina (1977): “Dios se ha de encontrar en las cruces de los oprimidos (…) [Porque] en la Cruz de Jesús, Dios mismo es crucificado. El Padre sufre la muerte del Hijo y toma sobre sí mismo el dolor y el sufrimiento de la historia”.


Que Dios Padre, durante esta Semana Santa, nos dé la plenitud de su Espíritu para encontrarnos con su Hijo en los múltiples crucificados de la historia, luchando día a día en la construcción de un nuevo mundo a la luz del Evangelio.


Oración: Dios Padre, que te has revelado entre nosotros como elredentor de los que padecen injustica y violencia, como el dador de la gracia que nos hace parte de una humanidad nueva en tu Hijo y como aquél que puede ser encontrado en el rostro de los más pequeños, de los marginados y excluidos, acompáñanos en el camino de recuperar la memoria de la Pascua y de los crucificados de la historia, para ser artesanos de un futuro nuevo en ese proyecto de vida plena que se nos ha manifestado en Jesús el Cristo. En su nombre te lo pedimos. Amén.

Luis G. Vásquez
Capellán – Pastoral Universitaria
UCEL
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